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Las absurdas limitaciones del Outlook

Tarjeta de expansión de 8 Kb del Vic-20

Tarjeta de expansión de 8 Kb del Vic-20

El Microsoft Outlook es seguramente uno de los clientes de correo más utilizados en el ámbito empresarial, un software mejorable, pero aceptable en mi opinión. Lo peor es, sin duda, el increíble grado de enrevesamiento logrado en los menús de preferencias, donde todo se mezcla y combina de la forma más confusa y difícil que uno pueda llegar a imaginar.

Sin embargo, el Outlook es sólo un esclavo de la pieza maestra de la suite de correo de Microsoft, el Exchange Server. Como es habitual en los productos del gigante americano, todo en él es propietario y privado, desde los protocolos hasta los formatos de archivo de mensajes.

Pero no es esto lo más doloroso del Exchange Server. Podemos vivir con ello, y con la mayoría de sus peculiaridades, sin sufrir graves trastornos mentales. Con lo que es difícil vivir es con su absurdas limitaciones.

Las versiones del Exchange lanzadas en los años 2000 y 2003 tienen una inexplicable limitación en el número de reglas que el usuario puede definir por carpeta. Se pueden crear tantas reglas como se quiera, pero siempre que no ocupen más de 32 Kb de espacio de almacenamiento en el servidor (queda abierta la duda de en qué formato se guardan las reglas para poder determinar cuánto ocuparán).

Normalmente, las reglas se crean para la bandeja de entrada, de modo que esta limitación es inherente al uso del servicio de correo, y se extiende al propio Outlook, porque el cliente no puede filtrar los mensajes de correo (no tiene esa funcionalidad). Resulta increíble que en el año 2003, poco antes de que Google lanzara su servicio de correo GMail con buzones de 1 Gb, el servidor de correo Exchange Server diseñado para dar servicio a empresas ofrezca a los usuarios la increíble capacidad de 32 Kb para almacenar sus reglas de filtrado de mensajes.

Mi primer ordenador personal, el entrañable Commodore Vic-20, tenía 5 Kb de memoria RAM. Las tarjetas de expansión eran del tamaño de una cinta de vídeo VHS, y permitían ampliar la memoria hasta unos increíbles 32 Kb (o incluso, 64 Kb). 32 Kb eran, en el año 1981, muchos bytes.  En el año 2003, era ya una cantidad miserable. Hoy en día es mucho menos de lo que ocupa cualquier documento sencillo del Office, es 200 veces menos que lo que ocupa una canción MP3, y 20.000 veces menos que lo que ocupa una película en DivX. Sin embargo, el Exchange Server nos limita a 32 Kb la capacidad de almacenamiento para reglas de filtrado. Con la versión de 2007 podríamos llegar hasta 128 Kb. Un gran avance, al menos para Microsoft.

Otra limitación notable que he recordado tras tropezar con la anterior es la de los buzones locales de almacenamiento de mensajes, que el Outlook guarda como archivos de extensión .pst (Personal Storage Table). El Outlook 97 permitía crear buzones locales de hasta 2 Gb. Cuando se sobrepasaba este tamaño, simplemente se corrompía el fichero y ya no se podía acceder a él (una funcionalidad realmente interesante para facilitar la vida del usuario). Con el Outlook 2003, el límite se eleva a 20 Gb. Realmente incompresible la necesidad de poner límites a algo que debiera ser tan grande como permitiera el soporte físico (en este caso, el espacio del disco duro). Cualquier otra limitación es, simple y llanamente, la demostración de que algo no está bien hecho en el software.

Ningún programa informático resiste bien el paso del tiempo, pero si se añaden limitaciones de diseño ridículas, nos encontraremos pronto con la cruda realidad de una herramienta inútil por un diseño deficiente.

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Diseñar programas para usuarios idiotas

Me he encontrado hoy con una interesante frase de Linus Torvalds, citada en el blog de Jose M. Aguilar, en un artículo titulado Otras 101 citas célebres del mundo de la informática:

Si piensas que los usuarios de tus programas son idiotas, sólo los idiotas usarán tus programas

Realmente interesante, me hace recordar la de veces que he sufrido una interfaz de usuario diseñada para idiotas, o peor aún, diseñada para Homer Simpson, que pronunció la divertida pregunta ¿Dónde está la tecla ANY?cuando la máquina le presentó el conocido mensaje “press any key…”.

¿Dónde está la tecla ANY?

¿Dónde está la tecla ANY?

En el mundo del software, el exceso de poder en manos del usuario final se ve como un riesgo potencial, al que no hay que exponerse. El riesgo no es ficticio, los idiotas abundan y la autodestrucción (informáticamente hablando) del idiota es un hecho demostrado. El ejemplo básico es el de aquel que estrena un PC y en pocos minutos vuelve a la tienda porque ya no le funciona. Se le coló un virus, borró algún archivo que no había que borrar, o simplemente no reparó en que tomar café encima del teclado puede resultar peligroso.

De esta forma, los desarrolladores se estrujan los sesos para diseñar a prueba de idiotas. Y el resultado, como nos recuerda Linus Torvalds, es que esas herramientas tan cuidadosamente concebidas para que la mente menos capaz no pueda cometer un acto de PC-cidio resultan insufribles para la mayoría de los mortales.

El Windows Vista es el caso práctico. Cada micro-acción que acomete el usuario es convenientemente acompañada de un cuadro de diálogo advirtiendo de los peligros inherentes. ¿Está seguro de que desea borrar? ¿Está seguro de que desea aceptar? ¿Está seguro de que desea pulsar ese botón? Y qué decir de los mensajes recurrentes tipo “Windows ha detectado que no tiene anti-virus”, o los pertinentes mensajes de las actualizaciones. El sistema operativo es obstinado, quiere proteger y acaba siendo agobiante, infernal, insufrible. La configuración del Vista (y del XP) por defecto, es absolutamente inútil, lo que podríamos llamar un Sistema No-Operativo.

Sospecho que se está confundiendo el poder de hacer cosas (que se limita por miedo), con el poder de hacer cosas de forma simple (que debería ser el objetivo final del sistema operativo, y de cualquier programa informático). Realmente, el usuario no es idiota, o no es más idiota que el idiota que está diseñando la interfaz de usuario. El usuario sólo quiere que para hacer una tarea básica la aplicación le proporcione una vía simple, directa y comprensible.

Quizá lo que habría que hacer es diseñar para que los usuarios más idiotas puedan hacer lo mismo que hacen los que saben la tabla de multiplicar en binario y programan en ensamblador. Supongo que es un reto, pero creo que no estamos tan lejos de lograrlo. De momento, los que hemos renegado del Vista hemos descubierto que se puede hacer lo mismo, más fácilmente. Para los que somos idiotas es un verdadero alivio.

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Microsoft lanza Bing, una copia de la esencia de Google

Logo de Bing

Logo de Bing

Microsoft ha lanzado Bing, la enésima vuelta de tuerca del fracasado Microsoft Live Search o el nuevo intento del gigante informático de relanzar su motor de búsqueda. Bing es sin duda un clon casi perfecto de Google. Algunos incluso dirán que es mejor (ya hay múltiples comparativas en Internet que presentan ambos buscadores cara a cara, frente a pruebas diversas, e incluso he encontrado una página que permite buscar en ambos a la vez y comparar).

No es mi intención compararlos. El parecido del primer impacto es incuestionable. Sin embargo, las entrañas de ambos motores de búsqueda son difícilmente comparables, y diferirán notablemente en la forma en que indexan la información, filtran los datos, asignan grado de relevancia o construyen la página de resultados, entre otras cosas. Pero al final, lo que vemos es muy similar: ambos buscadores son rápidos, están plenamente centrados en la función de búsqueda de información y tienen por objeto ser el Buscador de Internet, con mayúsculas (actualmente este título es, naturalmente, de Google).

La pregunta que me hago es: ¿podrá Microsoft hacerse con parte del enorme pastel que actualmente se zampa Google casi en exclusiva?

Hubo un tiempo en que Google no existía. Fue la que yo llamaría (con enorme atrevimiento, lo sé) la era Yahoo!. Yahoo! lideró durante mucho tiempo el universo de las búsquedas de Internet, poseía uno de los indices de contenidos más completos, y era el camino a seguir si se quería tomar un ejemplo de éxito en Internet. Y entonces llegó Google.

¿Qué propició el cambio radical en la tendencia de los usuarios de Internet? ¿Por qué dejamos de usar Yahoo! (o Lycos, o Excite, o Altavista) y pasamos a usar masivamente Google? Creo que hubo tres factores determinantes que marcaron la enorme diferencia entre Google y el resto de sus competidores: velocidad, relevancia y completitud.

Velocidad: los motores de búsqueda perdieron el norte, es la cruda realidad, y se convirtieron en portales horizontales, llenos de contenidos innecesarios e irrelevantes. La función de búsqueda pasó a un segundo plano, y el peso de los contenidos extra penalizó enormemente la carga de la página de inicio del buscador. Además, los motores de búsqueda no estaban optimizados y eran en algunos casos penosamente lentos. Google captó la esencia de la velocidad en la función de búsqueda. Busco algo y lo encuentro en milisegundos, sin esperar a que se cargue una pesada página de un portal horizontal que no me sirve para nada, sin publicidad, sin lentitud en el despliegue de los resultados.

Relevancia: la fórmula de Google para evaluar la relevancia de la información con respecto a los criterios de búsqueda que introduce el usuario sigue siendo un gran misterio, y forma parte de su éxito. Los resultados de Google eran más relevantes que los de la competencia, y permitían localizar las páginas más interesantes y mejor relacionadas a los criterios de búsqueda. También mejoró notablemente la forma en que se construían las búsquedas, y proporcionó mecanismos para buscar mejor de forma directa.

Completitud: Google se propuso indexarlo todo, y consiguió superar a competidores que llevaban años de ventaja en esta tarea. Descartó desde el principio la creación de índices y la aportación de los usuarios para crear la base de datos de contenidos indexados, otra apuesta interesante y novedosa en aquella época.

Probablemente mi visión sea parcial e incompleta, pero me permite establecer una comparación entre el cambio a Google y el posible cambio a Bing. Bing no aporta nada nuevo, es una copia. No es más rápido (al menos, apreciablemente), no ofrece resultados más relevantes (la primera búsqueda comparativa que hice me demostró que Google sigue siendo imbatible en esto), y no estoy seguro de que sea más completo. ¿Qué aporta Bing entonces? ¿Por qué cambiar?

No veo futuro en Bing. Nada me mueve a cambiar, y reconozco que estoy acostumbrado a Google. Supongo que Microsoft ejercerá presión mediante su navegador y su sistema operativo, pero esto ya lo hemos vivido antes. ¿Será suficiente?

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Por qué no hay que odiar a Microsoft

Logo Microsoft

Logo Microsoft

Microsoft está a punto de lanzar el Windows 7, el sistema operativo que hará que los usuarios olviden las penurias sufridas con el Windows Vista, que los fabricantes de ordenadores puedan ofrecer al cliente un producto competitivo, y que los fabricantes de software puedan vender nuevas versiones de sus viejos productos, ahora sí, para un sistema operativo que funciona. Todos ellos tienen, al parecer, motivos para odiar a Microsoft por no haber fabricado antes el Windows 7 (mucho antes). Pero lo cierto es que, si se piensa un poco, todos ellos deberían estar eternamente agradecidos a Bill Gates.

El planteamiento que me hago es el siguiente: Microsoft ha impulsado como nadie la industria informática, a base de grandes e increíbles errores, de los que no podemos si no estar eternamente agradecidos. ¿Cómo es esto posible?

Desde el primer sistema operativo Windows hasta hoy, los agujeros de seguridad del software de Microsoft se cuentan por millares. El impacto en el usuario, probablemente nefasto, se compensa con el enorme empuje y desarrollo dado a los fabricantes de software de seguridad, ya sean antivirus, firewalls, detectores de spyware, o de troyanos. Las empresas de este sector se frotan las manos cada vez que Microsoft mete la pata. No en vano, el beneficio que genera el mercado del software de seguridad fue en el año 2008 de más de 200 millones de dólares.

Los desarrolladores de las diferentes versiones de Linux no han contribuido para nada al desarrollo de esta industria. Tampoco ha contribuido mucho Apple y su OS X. En estos sistemas operativos (y en muchos otros, naturalmente), los problemas de seguridad son poco frecuentes, y los virus especies en extinción.

Y lo mismo podemos decir de la enorme cantidad de empresas dedicadas al desarrollo de aplicaciones para suplir las increíbles deficiencias del Windows 2000, del XP, del Office y de tantos otros productos fabricados bajo el imperio de Bill Gates. Hablo de aplicaciones de limpieza del registro, optimización de la configuración, gestión del almacenamiento y de la memoria, cifrado de datos y seguridad, etc.. El abanico es amplio. Microsoft es una mina para todos ellos.

El gigante de Redmond es también el mecenas del software libre. Gracias a Microsoft y a la mala calidad de sus invenciones, la comunidad ha reaccionado e impulsado opciones de software libre mucho más eficientes y funcionales. El ejemplo más claro es el Internet Explorer: ¿existiría el Firefox si Microsoft hubiera desarrollado un navegador decente para su sistema operativo?

¿Y qué decir de los fabricantes de hardware, componentes y ordenadores? Sin duda deberían proponer la beatificación de Gates y establecer rutas de peregrinación a las oficinas centrales de Redmond como símbolo de gratitud. Cada nueva versión del Windows ha requerido más disco duro, más memoria, más CPU, más de todo, aunque al final no aportara nada realmente.

El Vista ha sido el climax del más de todo, y menos que nada. Como bien reza una popular frase de Internet, la velocidad de los ordenadores se duplica cada año, justo el tiempo que tarda Microsoft en sacar una nueva versión de su sistema operativo, para volver a la situación anterior.

Para terminar, nos queda sólo aclarar por qué los usuarios deberían amar Microsoft. Ellos no parecen obtener ningún beneficio, y son conscientes de que van a sufrir innumerables problemas. Quizá esto sea en sí mismo un aliciente: ¿en qué iba el usuario a entretenerse si todo funcionara a la primera? Pero yo me inclino más por la explicación de Esther Schindler (OS/2 Magazine):

Microsoft’s biggest and most dangerous contribution to the software industry may be the degree to which it has lowered user expectations.

Id est,

La mayor y más peligrosa contribución de Microsoft a la industria del software podría ser el grado en que ha rebajado las expectativas del usuario.

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