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La retro-innovación del iPhone
Por ivan - Hardware, Mundo Apple, Sociedad y Tecnología - 31/mar/2010
Hace unos días me tocó aguantar uno de esos cursos de visión y estrategia corporativa.
Reconozco que soy alérgico a las visiones casi tanto como a las estrategias, cuando llevan la coletilla de “corporativas” y vienen empaquetadas en forma de curso para mejorar mi propio desarrollo personal. El efecto en mi organismo de este tipo de sesiones suele ser el mismo que me produce observar la mirada de una oveja mientras mordisquea un matojo de hierbas: solemne aburrimiento.
Una de las ideas que surgió de aquella sesión ha dado vueltas en mi cabeza desde entonces. Para ilustrar un concepto, se presentó un ejemplo de un sistema de fichas para controlar las tareas pendientes como algo innovador. Instantáneamente, me vino a la mente un nuevo término, la retro-innovación.
La aplicación de modelos, estructuras e incluso diseños antiguos a elementos modernos no es tan rara. Tenemos ejemplos por todas partes, y algunos de ellos han resultado ser notables éxitos. En el mundo de la automoción, Volkswagen abrió la caja de la retro-innovación fabricando el New Beetle a partir del diseño de un modelo antiguo (el mítico escarabajo), y la idea funcionó tan bien que luego fue copiada por BMW (Mini) y Fiat (Fiat 500), entre otros.
Otros ejemplos se me vienen a la cabeza, más directamente relacionados con el mundo digital. Los fabricantes de reproductores MP3 han visto un filón en los usuarios que tienen discos de vinilo y no saben qué hacer con ellos. Así que retro-innovan fabricando un tocadiscos digital (bueno, sería más bien un tocadiscos que pervierte la esencia analógica del vinilo, convirtiéndolo en un MP3, para que el usuario pueda traspasar su colección a un reproductor MP3 en un santiamén).
Pero donde ha hecho más daño esta tendencia retro-innovadora ha sido en la telefonía móvil, y todo gracias a la imparable imagen de una marca: Apple. De Apple fue la idea de “innovar” en la telefonía móvil dotando al iPhone de una pantalla táctil como única interfaz de usuario. Pero este ejemplo de innovación es, aunque no lo parezca, algo retro. Las pantallas táctiles fueron inventadas hace muchos años, y su uso se ha popularizado en TPVs, navegadores GPSs y otros dispositivos que se caracterizan, sobre todo, por una interacción con el usuario muy simple y basada en unos pocos comandos. Nada que ver con el tipo de interacción que necesita un teléfono móvil, más aún cuando estos dispositivos permiten ya navegar por internet y acceder al correo electrónico, entre otras funciones avanzadas que reclaman la presencia de un teclado alfanumérico.
Las PDAs han experimentado desde siempre los problemas de las pantallas táctiles, pero en este caso, el dispositivo incorporaba un elemento apuntador (el típico palito), y la combinación de ambos suplía la función del ratón de un ordenador convencional. Pero la pantalla táctil de los teléfonos móviles se usa con el dedo (o los dedos, según el caso). El resultado es decepcionante: la interfaz es lenta, difícil de usar, poco intuitiva y terriblemente confusa, por la forma poco natural en que se muestran las opciones “pulsables”. Debido al pequeño tamaño de las pantallas en comparación con el tamaño medio de un dedo, los teclados gráficos requieren gran habilidad para acertar con la tecla correcta. El uso de ayudas a la escritura (predicción de palabras, lupas, y demás artificios) solo mitigan en parte la terrible dificultad que entraña el uso de estos teclados táctiles que además, son diferentes en cada dispositivo.
Apple ha conseguido que su idea retro-innovadora haya sido copiada por casi todos los fabricantes de teléfonos móviles, y ahora es el usuario quien sufre esta estúpida moda, que espero termine pronto. Algunos fabricantes ya han recapacitado, y ofrecen teclados deslizantes que se esconden para que el aspecto del teléfono siga siendo similar al del iPhone.
Espero que cada vez más fabricantes recuerden que para usar un teléfono móvil es imprescindible un teclado, del mismo modo que para conducir un coche hace falta un volante, y para usar una televisión un mando a distancia. O tal vez no, y lo próximo que veamos sean las televisiones táctiles…
De cómo poner un disco duro en red
Poner un disco duro en red es uno de los problemas a los que me he enfrentado recientemente. El problema es muy simple: mi disco duro multimedia está en el salón, y la operación de desplazarlo a la habitación donde está el ordenador para copiar los archivos, si bien no supone gran esfuerzo, es bastante tediosa y en cierto modo, no está exenta de peligros (como por ejemplo, que el disco duro acabe estrellado contra el suelo). La idea de que el propio disco duro pueda conectarse a una LAN ya no es nueva, y algunos de los discos que se venden incorporan todo lo necesario para tal fin. Pero el mío no, pitty.
Mis investigaciones dieron pronto con los NAS, o Network Attached Storage. El más conocido es el NSLU2, de Linksys, un aparatito descatalogado que es codiciada pieza de coleccionista. En un tamaño reducido implementa un ordenador con un mini Linux, que ha sido modificado por una comunidad de desarrolladores anisosos de explotar las posibilidades del pequeño invento. El NSLU2 tiene 2 puertos USB y un conector ethernet, lo que automáticamente nos permite poner 2 discos duros en red (siempre que dispongamos de un router, naturalmente). El firmware modificado, además de eso, permite convertirlo en un servidor de correo electrónico, de páginas web, de FTP, en un proxy, o en un dispositivo multimedia, entre otras posibles funciones.
Rebuscando en las macro tiendas de informática, encontré otro pequeño aparto para poner dispositivos USB en red. Se trata del Belkin Network USB Hub. Con ese curioso nombre, Belkin comercializa un hub USB que tiene un conector RJ45 para conectar los dispositivos USB directamente a un router vía ethernet, en vez de a un ordenador vía USB. Además, se suministra una aplicación cliente, que a través de la LAN, se comunicará con el hub, de forma que los dispositivos a él conectados parezcan estar directamente en un puerto USB del ordenador.
Se trata de una forma muy simple de colocar en red dispositivos USB. Si el router es wireless, además tendremos acceso inalámbrico a los dispositivos (claro que esto es una trampa, ya que la capacidad inalámbrica la proporciona el router, no el hub). El acceso a los dispositivos es totalmente transparente para el usuario, gracias a la citada aplicación. Así, no tendremos que conectarnos al hub, y después, a un dispositivo conectado al hub. Para el usuario, el hub no existe. Realmente elegante.
La solución sería perfecta si no fuera porque, inexplicablemente, este dispositivo no es capaz de alcanzar, ni de lejos, las velocidades de transferencia del estándar USB 2.0, que curiosamente dice soportar. El engaño es manifiesto cuando conectas el disco, te pones a copiar archivos, y observas que lo que antes tardaba 2 minutos, ahora tarda 20. Se trata de una limitación del hardware asociada probablemente a la arquitectura minimalista del dispositivo. Pero resulta difícil de comprender que un hub con 5 puertos USB 2.0 para colocar discos duros, impresoras, escáneres y reproductores MP3 en red no sea capaz de pasar del megabit por segundo. Lástima. Habrá que seguir buscando.
Lo único que queda es observar el parecido, más que razonable, entre el diseño de este hub y el del AirPort Extreme, de Apple. No son lo mismo, obviamente, pero ¡cómo se parecen!


