Archivo julio, 2009
Librerías de archivos: en busca de lo esencial
Por ivan - Mundo Apple, Software - 5/jul/2009
Después de utilizar algunas aplicaciones muy conocidas de gestión de fotos y archivos de música, tengo la sensación de que este software carece normalmente de algo esencial: herramientas para mantener coherente y consistente la información de la biblioteca digital.
El iTunes de Apple es un perfecto ejemplo. En el menú de preferencias puede elegirse si se desea que iTunes gestione los archivos de música, o si por el contrario, el usuario se encarga de esta tarea. Personalmente, no me disgusta la forma que tiene esta aplicación de clasificar y ordenar los ficheros. El iTunes crea carpetas por autor y subcarpetas por álbum, de manera que todo queda muy bien ordenado en el disco.
Pero, ¿significa esto que la información es consistente y coherente? No, ciertamente. Supongamos que quiero saber si tengo canciones duplicadas o repetidas en mi biblioteca. Lástima, no existe ninguna función en el iTunes para explorar los archivos en busca de duplicados. Imaginemos ahora que deseo averiguar si alguno de los archivos no está correctamente enlazado en la base de datos interna del programa (los odiosos archivos huérfanos): mala suerte, tampoco podemos buscarlos. Lo único que podemos hacer es reconstruir toda la base de datos a partir de los ficheros del disco, cosa que, evidentemente, te hace perder todo los contadores de reproducción y las puntuaciones. Mala cosa.
¿Y si quiero averiguar si alguno de los ficheros de mi biblioteca musical no está correctamente clasificado? ¿O tiene una calidad insuficiente? Esto tampoco es posible usando únicamente iTunes. Si, por ejemplo, quisiera procesar todos los archivos MP3 de mi colección para averiguar si hay canciones a las que les falta información en los tags ID3, tendría que recurrir a herramientas externas.
Me preocupa que funciones esenciales como las descritas no estén contempladas en el diseño de un gestor de archivos, cuya misión es, básicamente, mantener una biblioteca de objetos clasificada y ordenada de forma eficiente. La carencia de lo básico nos lleva al desastre: conforme la librería de archivos MP3 crece, aumenta el caos. Como bien dicen la Ley de Chaney de las conocidas Leyes de Murphy:
La entropía no requiere mantenimiento
El iTunes juega con ventaja, ya que implementa la posibilidad de ejecutar AppleScripts, pequeños scripts para automatizar tareas en el sistema Mac. El paralelismo que se me viene a la cabeza es el de las macros de Visual Basic que todos conocemos y probablemente hemos usado en el Word o en el Excel de Microsoft. Se trata del mismo concepto, pero para el OS X de Apple. En la página web Dougscripts.com podemos econtrar varios scripts de libre uso diseñados para realizar tareas básicas como las que he descrito anteriormente. Sin duda, una página web muy recomendable si eres usuario de iTunes.
Lo ideal sería que el iTunes incluyera funciones como las que he comentado en su menú de herramientas. Y que todas las aplicaciones cuya misión consista en gestionar libreías de archivos explotaran realmente las posibilidades de un archivo digital. No se trata de una colección de libros en una estantería. Se trata de ficheros en el disco duro de un ordenador. Y no es un bibliotecario el que tiene que recorrer con la vista cada estante. Es un programa informático el que abre y lee los ficheros. Las posibilidades son, obviamente, infinitamente mayores. ¿Por qué se empeñan los fabricantes de software en desperdiciarlas?
Las absurdas limitaciones del Outlook
El Microsoft Outlook es seguramente uno de los clientes de correo más utilizados en el ámbito empresarial, un software mejorable, pero aceptable en mi opinión. Lo peor es, sin duda, el increíble grado de enrevesamiento logrado en los menús de preferencias, donde todo se mezcla y combina de la forma más confusa y difícil que uno pueda llegar a imaginar.
Sin embargo, el Outlook es sólo un esclavo de la pieza maestra de la suite de correo de Microsoft, el Exchange Server. Como es habitual en los productos del gigante americano, todo en él es propietario y privado, desde los protocolos hasta los formatos de archivo de mensajes.
Pero no es esto lo más doloroso del Exchange Server. Podemos vivir con ello, y con la mayoría de sus peculiaridades, sin sufrir graves trastornos mentales. Con lo que es difícil vivir es con su absurdas limitaciones.
Las versiones del Exchange lanzadas en los años 2000 y 2003 tienen una inexplicable limitación en el número de reglas que el usuario puede definir por carpeta. Se pueden crear tantas reglas como se quiera, pero siempre que no ocupen más de 32 Kb de espacio de almacenamiento en el servidor (queda abierta la duda de en qué formato se guardan las reglas para poder determinar cuánto ocuparán).
Normalmente, las reglas se crean para la bandeja de entrada, de modo que esta limitación es inherente al uso del servicio de correo, y se extiende al propio Outlook, porque el cliente no puede filtrar los mensajes de correo (no tiene esa funcionalidad). Resulta increíble que en el año 2003, poco antes de que Google lanzara su servicio de correo GMail con buzones de 1 Gb, el servidor de correo Exchange Server diseñado para dar servicio a empresas ofrezca a los usuarios la increíble capacidad de 32 Kb para almacenar sus reglas de filtrado de mensajes.
Mi primer ordenador personal, el entrañable Commodore Vic-20, tenía 5 Kb de memoria RAM. Las tarjetas de expansión eran del tamaño de una cinta de vídeo VHS, y permitían ampliar la memoria hasta unos increíbles 32 Kb (o incluso, 64 Kb). 32 Kb eran, en el año 1981, muchos bytes. En el año 2003, era ya una cantidad miserable. Hoy en día es mucho menos de lo que ocupa cualquier documento sencillo del Office, es 200 veces menos que lo que ocupa una canción MP3, y 20.000 veces menos que lo que ocupa una película en DivX. Sin embargo, el Exchange Server nos limita a 32 Kb la capacidad de almacenamiento para reglas de filtrado. Con la versión de 2007 podríamos llegar hasta 128 Kb. Un gran avance, al menos para Microsoft.
Otra limitación notable que he recordado tras tropezar con la anterior es la de los buzones locales de almacenamiento de mensajes, que el Outlook guarda como archivos de extensión .pst (Personal Storage Table). El Outlook 97 permitía crear buzones locales de hasta 2 Gb. Cuando se sobrepasaba este tamaño, simplemente se corrompía el fichero y ya no se podía acceder a él (una funcionalidad realmente interesante para facilitar la vida del usuario). Con el Outlook 2003, el límite se eleva a 20 Gb. Realmente incompresible la necesidad de poner límites a algo que debiera ser tan grande como permitiera el soporte físico (en este caso, el espacio del disco duro). Cualquier otra limitación es, simple y llanamente, la demostración de que algo no está bien hecho en el software.
Ningún programa informático resiste bien el paso del tiempo, pero si se añaden limitaciones de diseño ridículas, nos encontraremos pronto con la cruda realidad de una herramienta inútil por un diseño deficiente.


