La mentira del para siempre del DVD

Ojo azul en blanco y negro

Ojo azul

Antes, cuando uno compraba una película en VHS, sabía que lo que estaba comprando tenía fecha de caducidad. Los soportes magnéticos eran, por su propia naturaleza, efímeros. Se degradaban con el uso (cada vez que la cabeza lectora pasaba por encima de la cinta), pero también se degradaban con el paso del tiempo (la película magnética perdía sus propiedades, se desmagnetizaba y se desprendía con los años).

Con la era digital y los nuevos formatos físicos de almacenamiento de la información, la situación pareció dar un giro importante: el DVD es un soporte muy duradero, que no se degradan ni con el uso (con el buen uso), ni con el tiempo. La idea de adquirir obras audiovisuales en estos formatos y edificar en el salón de casa una torre de DVDs, sabiendo que el día de mañana seguirían sonando y viéndose como el primer día, resultaba muy atractiva.

Pero después de meditarlo, he llegado a la conclusión de que en la Sociedad de la Información el para siempre es una mentira. Se trata realmente de un hasta mañana.

Me explico. La obsolescencia digital no se debe sólo al formato físico, sino también al formato lógico, es decir, al formato del fichero digital. Y el problema no es que el software de mañana no vaya a ser capaz de mostrar en mi televisión una película codificada con MPEG-2 (el formato de codificación habitual de una película en DVD). La compatibilidad descendente está, casi siempre, garantizada. El problema es que una película en ese formato tiene una calidad de imagen claramente insuficiente para la era de la alta definición. La realidad es que el DVD se ve mal en las grandes televisiones LCD Full HD.

Se trata, por tanto, de un problema de obsolescencia del formato lógico. Los nuevos algoritmos de codificación, utilizados por ejemplo en el Blu-ray Disc (entre ellos, el ya popular H.264 o MPEG-4 parte 10), comprimen más y mejor, y permiten utilizar la resolución de imagen de 1080 puntos, propia de la alta definición.

Me veo, una vez más, obligado a actualizar mi colección de DVDs, si quiero seguir disfrutando de mis películas favoritas, porque en mi nueva televisión LCD Full HD, los DVDs se ven mal, muy mal. Es una cruda realidad. El upscaling unido a la alta compresión de la información de los DVDs destroza la imagen. El deseado para siempre, ha sido, una vez más, un simple hasta mañana. Y el mañana es hoy.

, ,

1 Comentario

La retro-innovación del iPhone

Hace unos días me tocó aguantar uno de esos cursos de visión y estrategia corporativa.

Pantalla táctil del iPhone

Pantalla táctil del iPhone

Reconozco que soy alérgico a las visiones casi tanto como a las estrategias, cuando llevan la coletilla de “corporativas” y vienen empaquetadas en forma de curso para mejorar mi propio desarrollo personal. El efecto en mi organismo de este tipo de sesiones suele ser el mismo que me produce observar la mirada de una oveja mientras mordisquea un matojo de hierbas: solemne aburrimiento.

Una de las ideas que surgió de aquella sesión ha dado vueltas en mi cabeza desde entonces. Para ilustrar un concepto, se presentó un ejemplo de un sistema de fichas para controlar las tareas pendientes como algo innovador. Instantáneamente, me vino a la mente un nuevo término, la retro-innovación.

La aplicación de modelos, estructuras e incluso diseños antiguos a elementos modernos no es tan rara. Tenemos ejemplos por todas partes, y algunos de ellos han resultado ser notables éxitos. En el mundo de la automoción, Volkswagen abrió la caja de la retro-innovación fabricando el New Beetle a partir del diseño de un modelo antiguo (el mítico escarabajo), y la idea funcionó tan bien que luego fue copiada por BMW (Mini) y Fiat (Fiat 500), entre otros.

Otros ejemplos se me vienen a la cabeza, más directamente relacionados con el mundo digital. Los fabricantes de reproductores MP3 han visto un filón en los usuarios que tienen discos de vinilo y no saben qué hacer con ellos. Así que retro-innovan fabricando un tocadiscos digital (bueno, sería más bien un tocadiscos que pervierte la esencia analógica del vinilo, convirtiéndolo en un MP3, para que el usuario pueda traspasar su colección a un reproductor MP3 en un santiamén).

Pero donde ha hecho más daño esta tendencia retro-innovadora ha sido en la telefonía móvil, y todo gracias a la imparable imagen de una marca: Apple. De Apple fue la idea de “innovar” en la telefonía móvil dotando al iPhone de una pantalla táctil como única interfaz de usuario. Pero este ejemplo de innovación es, aunque no lo parezca, algo retro. Las pantallas táctiles fueron inventadas hace muchos años, y su uso se ha popularizado en TPVs, navegadores GPSs y otros dispositivos que se caracterizan, sobre todo, por una interacción con el usuario muy simple y basada en unos pocos comandos. Nada que ver con el tipo de interacción que necesita un teléfono móvil, más aún cuando estos dispositivos permiten ya navegar por internet y acceder al correo electrónico, entre otras funciones avanzadas que reclaman la presencia de un teclado alfanumérico.

Las PDAs han experimentado desde siempre los problemas de las pantallas táctiles, pero en este caso, el dispositivo incorporaba un elemento apuntador (el típico palito), y la combinación de ambos suplía la función del ratón de un ordenador convencional. Pero la pantalla táctil de los teléfonos móviles se usa con el dedo (o los dedos, según el caso). El resultado es decepcionante: la interfaz es lenta, difícil de usar, poco intuitiva y terriblemente confusa, por la forma poco natural en que se muestran las opciones “pulsables”. Debido al pequeño tamaño de las pantallas en comparación con el tamaño medio de un dedo, los teclados gráficos requieren gran habilidad para acertar con la tecla correcta. El uso de ayudas a la escritura (predicción de palabras, lupas, y demás artificios) solo mitigan en parte la terrible dificultad que entraña el uso de estos teclados táctiles que además, son diferentes en cada dispositivo.

Apple ha conseguido que su idea retro-innovadora haya sido copiada por casi todos los fabricantes de teléfonos móviles, y ahora es el usuario quien sufre esta estúpida moda, que espero termine pronto. Algunos fabricantes ya han recapacitado, y ofrecen teclados deslizantes que se esconden para que el aspecto del teléfono siga siendo similar al del iPhone.

Espero que cada vez más fabricantes recuerden que para usar un teléfono móvil es imprescindible un teclado, del mismo modo que para conducir un coche hace falta un volante, y para usar una televisión un mando a distancia. O tal vez no, y lo próximo que veamos sean las televisiones táctiles…

,

2 Comentarios

La televisión ya no es lo que era

Televisión antigua

Una tele como las de antes

Este fin de semana he experimentado de primera mano lo que es la obsolescencia absoluta. Me he visto abriendo la caja de mi televisión, con la absurda idea de reparar una avería tonta, pero terriblemente molesta. Y es que mi vieja tele, de cuando en cuando, se apaga. Sin previo aviso. A veces ni llega a encenderse. Es el momento en que pienso verdaderamente que debo comprar una tele nueva.

¡Horror! ¡Una tele nueva! Las teles ya no son lo que eran. Nuestros padres nacieron sin tele (qué viejos somos, madre mía), vivieron el blanco y negro, y cuando llegó el color, habían pasado 30 años. Las teles de entonces eran de 21 pulgadas (o menos), con horribles cajas de madera, y unos pocos canales que se seleccionaban mediante botones que parecían interruptores de la luz. Esas teles tenían tubos de rayos catódicos, un invento que nos ha acompañado casi durante un siglo.

Sin embargo, el tubo catódico ha muerto. Las nuevas teles son de 37 pulgadas o más (las de 32 pulgadas son las pequeñas), pesan la décima parte y tienen un tamaño ridículo comparado con los cajones de hace solamente 10 años. La tecnología ha revolucionado el ocio doméstico, pero debo decir que ya era hora, sí señor.

Tantos años yendo al cine para ver las pelis como Dios manda, y ahora resulta que la alta definición está en casa. Lo que me molesta de todo esto no es haber tenido que esperar tanto (eso en todo caso podría ser una queja de nuestros sufridos padres). Lo que realmente es hiriente es la forma en que la industria introduce los cambios tecnológicos en los hogares, para sacar el máximo beneficio.

Porque, no nos engañemos, las pantallas LCD existen desde hace tiempo. Pero las televisiones han sufrido una metamorfosis mucho más lenta. Primero fue la pantalla plana de tubo, luego el 16:9, después el plasma, el LCD, la TDT, el HD Ready y, ya por fin, el Full HD. Seguro que me dejo algo. El que se haya actualizado con cada cambio tecnológico, habrá tenido 7 televisiones distintas en poco más de 10 años (y se habrá dejado un capital importante). Los que no tengan dinero para tanto derroche, estarán en algún punto intermedio. Y los que compremos la tele ahora, el año que viene veremos como sale algo nuevo que nos deja, otra vez, anticuados.

Señores fabricantes de televisiones, por favor, fabriquen una tele que tenga ya todo, que ya cansa tanto cambio.

, ,

No hay Comentarios

Librerías de archivos: en busca de lo esencial

Icono del iTunes

Icono del iTunes

Después de utilizar algunas aplicaciones muy conocidas de gestión de fotos y archivos de música, tengo la sensación de que este software carece normalmente de algo esencial: herramientas para mantener coherente y consistente la información de la biblioteca digital.

El iTunes de Apple es un perfecto ejemplo. En el menú de preferencias puede elegirse si se desea que iTunes gestione los archivos de música, o si por el contrario, el usuario se encarga de esta tarea. Personalmente, no me disgusta la forma que tiene esta aplicación de clasificar y ordenar los ficheros. El iTunes crea carpetas por autor y subcarpetas por álbum, de manera que todo queda muy bien ordenado en el disco.

Pero, ¿significa esto que la información es consistente y coherente? No, ciertamente. Supongamos que quiero saber si tengo canciones duplicadas o repetidas en mi biblioteca. Lástima, no existe ninguna función en el iTunes para explorar los archivos en busca de duplicados. Imaginemos ahora que deseo averiguar si alguno de los archivos no está correctamente enlazado en la base de datos interna del programa (los odiosos archivos huérfanos): mala suerte, tampoco podemos buscarlos. Lo único que podemos hacer es reconstruir toda la base de datos a partir de los ficheros del disco, cosa que, evidentemente, te hace perder todo los contadores de reproducción y las puntuaciones. Mala cosa.

¿Y si quiero averiguar si alguno de los ficheros de mi biblioteca musical no está correctamente clasificado? ¿O tiene una calidad insuficiente? Esto tampoco es posible usando únicamente iTunes. Si, por ejemplo, quisiera procesar todos los archivos MP3 de mi colección para averiguar si hay canciones a las que les falta información en los tags ID3, tendría que recurrir a herramientas externas.

Me preocupa que funciones esenciales como las descritas no estén contempladas en el diseño de un gestor de archivos, cuya misión es, básicamente, mantener una biblioteca de objetos clasificada y ordenada de forma eficiente. La carencia de lo básico nos lleva al desastre: conforme la librería de archivos MP3 crece, aumenta el caos. Como bien dicen la Ley de Chaney de las conocidas Leyes de Murphy:

La entropía no requiere mantenimiento

El iTunes juega con ventaja, ya que implementa la posibilidad de ejecutar AppleScripts, pequeños scripts para automatizar tareas en el sistema Mac. El paralelismo que se me viene a la cabeza es el de las macros de Visual Basic que todos conocemos y probablemente hemos usado en el Word o en el Excel de Microsoft. Se trata del mismo concepto, pero para el OS X de Apple. En la página web Dougscripts.com podemos econtrar varios scripts de libre uso diseñados para realizar tareas básicas como las que he descrito anteriormente. Sin duda, una página web muy recomendable si eres usuario de iTunes.

Lo ideal sería que el iTunes incluyera funciones como las que he comentado en su menú de herramientas. Y que todas las aplicaciones cuya misión consista en gestionar libreías de archivos explotaran realmente las posibilidades de un archivo digital. No se trata de una colección de libros en una estantería. Se trata de ficheros en el disco duro de un ordenador. Y no es un bibliotecario el que tiene que recorrer con la vista cada estante. Es un programa informático el que abre y lee los ficheros. Las posibilidades son, obviamente, infinitamente mayores. ¿Por qué se empeñan los fabricantes de software en desperdiciarlas?

,

1 Comentario

Las absurdas limitaciones del Outlook

Tarjeta de expansión de 8 Kb del Vic-20

Tarjeta de expansión de 8 Kb del Vic-20

El Microsoft Outlook es seguramente uno de los clientes de correo más utilizados en el ámbito empresarial, un software mejorable, pero aceptable en mi opinión. Lo peor es, sin duda, el increíble grado de enrevesamiento logrado en los menús de preferencias, donde todo se mezcla y combina de la forma más confusa y difícil que uno pueda llegar a imaginar.

Sin embargo, el Outlook es sólo un esclavo de la pieza maestra de la suite de correo de Microsoft, el Exchange Server. Como es habitual en los productos del gigante americano, todo en él es propietario y privado, desde los protocolos hasta los formatos de archivo de mensajes.

Pero no es esto lo más doloroso del Exchange Server. Podemos vivir con ello, y con la mayoría de sus peculiaridades, sin sufrir graves trastornos mentales. Con lo que es difícil vivir es con su absurdas limitaciones.

Las versiones del Exchange lanzadas en los años 2000 y 2003 tienen una inexplicable limitación en el número de reglas que el usuario puede definir por carpeta. Se pueden crear tantas reglas como se quiera, pero siempre que no ocupen más de 32 Kb de espacio de almacenamiento en el servidor (queda abierta la duda de en qué formato se guardan las reglas para poder determinar cuánto ocuparán).

Normalmente, las reglas se crean para la bandeja de entrada, de modo que esta limitación es inherente al uso del servicio de correo, y se extiende al propio Outlook, porque el cliente no puede filtrar los mensajes de correo (no tiene esa funcionalidad). Resulta increíble que en el año 2003, poco antes de que Google lanzara su servicio de correo GMail con buzones de 1 Gb, el servidor de correo Exchange Server diseñado para dar servicio a empresas ofrezca a los usuarios la increíble capacidad de 32 Kb para almacenar sus reglas de filtrado de mensajes.

Mi primer ordenador personal, el entrañable Commodore Vic-20, tenía 5 Kb de memoria RAM. Las tarjetas de expansión eran del tamaño de una cinta de vídeo VHS, y permitían ampliar la memoria hasta unos increíbles 32 Kb (o incluso, 64 Kb). 32 Kb eran, en el año 1981, muchos bytes.  En el año 2003, era ya una cantidad miserable. Hoy en día es mucho menos de lo que ocupa cualquier documento sencillo del Office, es 200 veces menos que lo que ocupa una canción MP3, y 20.000 veces menos que lo que ocupa una película en DivX. Sin embargo, el Exchange Server nos limita a 32 Kb la capacidad de almacenamiento para reglas de filtrado. Con la versión de 2007 podríamos llegar hasta 128 Kb. Un gran avance, al menos para Microsoft.

Otra limitación notable que he recordado tras tropezar con la anterior es la de los buzones locales de almacenamiento de mensajes, que el Outlook guarda como archivos de extensión .pst (Personal Storage Table). El Outlook 97 permitía crear buzones locales de hasta 2 Gb. Cuando se sobrepasaba este tamaño, simplemente se corrompía el fichero y ya no se podía acceder a él (una funcionalidad realmente interesante para facilitar la vida del usuario). Con el Outlook 2003, el límite se eleva a 20 Gb. Realmente incompresible la necesidad de poner límites a algo que debiera ser tan grande como permitiera el soporte físico (en este caso, el espacio del disco duro). Cualquier otra limitación es, simple y llanamente, la demostración de que algo no está bien hecho en el software.

Ningún programa informático resiste bien el paso del tiempo, pero si se añaden limitaciones de diseño ridículas, nos encontraremos pronto con la cruda realidad de una herramienta inútil por un diseño deficiente.

, ,

2 Comentarios

El spam llega a la web

Lata de Spam

Lata de Spam

El spam lleva años infectando el correo electrónico de mensajes inútiles, absurdos, inservibles. Es una plaga sólo explicable por el hecho de que, a pesar de su lógica ineficiencia como herramienta de publicidad o de marketing, es ridículamente barato, y tremendamente masivo. El producto de un mensaje enviado a millones de personas, por un porcentaje infinitesimal de efectividad, da como resultado un número no despreciable de personas que inexplicablemente “pican”.

Pero ahora el spam ha llegado a la web. En la web, el mensaje basura no es cómo el que se recibe en el buzón de correo. No se trata de un mensaje que un desconocido envía a otro desconocido, con información de cualquier tipo, totalmente descontrolada y ajena a la realidad socio-cultural del receptor en muchos casos (como sucede con el correo basura que no están en español, o que vende algo ilegal que naturalmente nunca compraríamos). No, el spam de la web tiene un emisor conocido, y un destinatario único.

El emisor es casi siempre una agencia de publicidad, que ha comprado un soporte web a una empresa (o particular) que dispone de una página exitosa, con muchas visitas. Esta agencia de publicidad diseña meticulosamente una estrategia de marketing adaptada al contenido del site que sirve de soporte, y a su audiencia (o al menos, esta es la teoría).

La audiencia es conocida: se sabe cuándo visita la página, qué secciones le interesan y cuáles no, qué artículos compra, desde dónde viene. Decenas de detalles que permiten construir claramente el perfil del individuo receptor, gracias casi siempre a uno de los artefactos más diabólicos de Internet: las cookies.

El resultado es la invasión total o parcial de la ventana del navegador con mensajes que bloquean o impiden la lectura del contenido al que se quiere acceder. Es el spam llevado a la web, pero con nombres y apellidos. Resulta tan molesto e inútil como su primo hermano del correo electrónico. Me veo repetidamente pulsando sobre el botón de “saltar este anuncio” página tras página, al igual que antes iba borrando correo tras correo basura, hasta llegar al mensaje auténtico, el que ha enviado un ser humano de verdad.

Es triste que se expanda esta mala costumbre de molestar al visitante, de invadir su navegador con mensajes publicitarios descontrolados y repetitivos, de robarle ancho de banda (con el agravante de que a veces, cada mega se paga), y de insultarle con el botoncito de pulsa aquí para saltar este anuncio, como si realmente no se quisiera causar perjuicio. Es como si le película que estoy viendo me obligara constantemente a pulsar un botón del mando a distancia para eliminar un anuncio que se ha puesto delante. O como si la revista se vendiera con las hojas tapadas por imágenes publicitarias que hubiera que despegar una a una.

No hay forma de hacer que la publicidad de un medio funcione en otro totalmente diferente. Internet tiene sus propios mecanismos de publicidad. El marketing viral, las comunidades virtuales, la web social, son buenas herramientas. El banner que se mueve o parpadea, el pop-up, el mensaje que cubre la página, o el que emite un sonido automáticamente, son malas ideas, destructoras del medio de comunicación, como explica Jakob Nielsen en “The Most Hated Advertising Techniques”. Es increíble que las agencias de publicidad y los proveedores de contenidos aún no hayan aprendido la lección. Hasta que lo hagan, sólo nos queda huir de las webs que nos dan spam.

1 Comentario